Fundacionales

Reuters/Gonzalo Fuentes

Todo fue emoción en el Parque de los Príncipes. Del arranque a puro ataque a un segundo tiempo 3-0 abajo casi final. Remontada histórica para un equipo histórico que ya abrió las puertas del futuro: el fútbol femenino es cosa seria y llegó para quedarse y crecer.

Por Ileana Manucci, desde Francia.

Pasaron más de tres horas del final del partido y la sensación de piel de gallina y un nudo en la garganta todavía no se me va.

Antes de que arranque el partido, en la tribuna de prensa, una de las colegas -una de las tantas periodistas que llegó al Mundial autogestionandose el viaje- preguntó: “¿qué hacemos si Argentina hace un gol? ¿lo gritamos?”. La burocracia y las reglas de FIFA son tan estrictas que no estábamos seguras de si podíamos hacer eso, gritar un gol. “Obvio que si”, respondió alguien.

Las periodistas que llegamos a este Mundial, repito, el 95% autogestionadas, sin ningún medio detrás bancando nada -o muy poco-, lo hicimos como un acto de militancia hacia este momento del fútbol de las pibas. La certeza de que es acá donde debemos estar, porque acá se está escribiendo la historia. Imagínense si no gritamos cada uno de los tres goles.

El fútbol que si

Aunque Argentina debía ganar este partido para no depender de nadie y clasificarse a octavos de final, es difícil sentir este momento como una derrota -más allá de que aún el pase no está definido-.

Me permito ser autorreferencial porque es difícil explicar sensaciones y emociones de otra forma. El primer Mundial que recuerdo es el de Francia 98. Tenía unos 11 años en ese momento y el fútbol era una de las cosas que más me gustaba ver y hacer. Lo viví con pasión y angustia. Recuerdo salir gritando enloquecida cuando le ganamos por penales a Inglaterra y llorar con el gol de Holanda sobre la hora, cuando quedamos afuera.

Con el paso de los años, empecé a vivir y sentir el fútbol de otra manera. Si, prendida y esperanzada en cada nuevo Mundial, pero hay algo que la Selección -la masculina, esa que hasta hace muy poco era la única Selección que conocíamos- ya no me provoca. Dejó de emocionarme.

Casi 20 años después de ese Francia 1998 llegó este Francia 2019. Y acá volví a emocionarme hasta las lágrimas. Creo que esto que siento ahora es eso que muchas veces verbalizamos como “el pecho inflado de orgullo”. Es un orgullo que trasciende el deporte en sí mismo y los colores de la camiseta. Es distinto.

Es distinto porque estas jugadoras son como todas nosotras y están cumpliendo el sueño que muchas dejamos atrás, que nos obligaron a dejar. Jugar un Mundial, que un país este expectante ante eso, entrar a la cancha y que suene el himno, jugar el partido de tu vida. Todas las que alguna vez jugamos al fútbol soñamos con algo así. Jamás pensamos que podía ser una realidad.

Si, también son como nosotras porque muchas de ellas tienen que laburar y estudiar, además de jugar al fútbol. Tienen que salir al mundo, ese que está fuera de las canchas y la número 5. Ojalá eso cambie y las futbolistas puedan vivir de esto que les gusta y saben hacer, se lo merecen. Pero ojalá que cuando eso pase no pierdan todo esto que vivimos en este Mundial: el poder acercarnos al hotel y charlar con ellas entre mate y mate, el intercambio de mensajes para saber cómo están, el abrazo en la zona mixta cuando salían de un partido. “Ustedes también dejaron todo por venir acá. Siento orgullo por eso, por ustedes”, nos dijo una de las goleadoras de la jornada, Mili Menéndez, a las periodistas después del partido.

Aunque las comparaciones son odiosas, es inevitable pensar en que la construcción del futbolista como una estrella hollywoodense, ganando cantidades obscenas de dinero, recibiendo casi trato de realeza a donde quiera que vaya, los ha alejado del sentir popular, de esa cercanía que hoy sentimos con esta Selección y que es también razón de este orgullo y de esta emoción. Esta Selección nos hace sentir que somos todas, y todos y todes.

Sólo crecer

Las derrotas o los resultados no buscados, como este ante Escocia, siempre duelen, dejan la sensación de que algo se escapó, de que algo más se pudo hacer. Así lo muestran las lágrimas de las jugadoras y los abrazos largos al final del partido. Se entusiasmaron -con razón- y querían ganar.

Pero también saben que no hay nada para reprocharse. Este Mundial no sólo es histórico para Argentina, es fundacional. Están sentando las bases para el futuro del fútbol femenino en el país y de eso no se vuelve. Es el mayor triunfo que esta generación, que este plantel, nos deja.  

Las mujeres argentinas estamos librando una batalla por la igualdad, por el reconocimiento de derechos, exigiendo lugares históricamente negados, y este presente de la Selección y el fútbol femenino no pueden entenderse por fuera de ese contexto. El fútbol va a ser de todes o no va a ser, grita el cancionero feminista que intenta traer otros sonidos y prácticas a las tribunas. Ahora y después de este Mundial, más que nunca, un fútbol feminista, disidente, federal y profesional para todas las pibas que quieran patear.

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