El 8M y las trabajadoras del fútbol

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Foto: Melina Medrano /

En el Día de la Mujer Trabajadora hacemos un repaso, en la voz de las propias jugadoras, de lo que significa ser una trabajadora del fútbol.

Por Ileana Manucci

Cumplir casi todos los días de la semana un horario fijo, tener que cuidarte para no faltar a tus obligaciones, aprender todo el tiempo y mentalizarte para dar el 100% de tu capacidad. Aunque así quieren que parezca, no suena a un hobby. El fútbol es un trabajo y un trabajo que, como sucede en otros tantos, muestra sus disparidades entre varones y mujeres.

Mientras hoy un futbolista varón, de alguno de los dos clubes grandes de la ciudad, cobra en promedio 300 mil pesos por mes (hay otros que duplican esa cifra), las mujeres que dedican gran parte de su tiempo y de su vida al mismo deporte, no reciben nada. De hecho tiene que poner plata de su bolsillo para jugar.

“El fútbol femenino no es lindo, no es vistoso, por eso no es profesional”, “cuando vaya mucha gente a verlas van a poder cobrar por eso”. Bueno capo, decinos también cómo se supone que una jugadora que se levanta a las 7 de la mañana para ir a trabajar, come a las apuradas, se va a entrar y a la noche va a la Universidad, puede llegar a jugar con la misma calidad que un pibe que entra a los 15 a la pensión del club y su objetivo es solo ese, jugar al fútbol.

“Es imposible el desarrollo del fútbol femenino con ese ritmo de vida”, nos decía Macarena Sánchez allá por enero, mientras estaba de vacaciones en Santa Fe, antes de que se hiciera pública su desvinculación de UAI Urquiza y todo lo que vino después.

En ese momento, Macarena nos contaba: “Entro a trabajar a las 8, salgo a las 13 para ir a entrenar de 14 a 18 horas. A las 19 entro a clases, en la Facultad, hasta las 23. Llegó a mi casa cerca de la medianoche. Cuesta pero una se termina acostumbrando a ese ritmo”.

Consultada sobre las dificultades que este tipo de vida trae para las deportistas, la santafesina señalaba: “El deporte de alto rendimiento requiere un cien por ciento de dedicación y lamentablemente nosotras no damos ni el 50, porque todas trabajan, estudian, algunas tienen doble y otras hasta triple jornada. Con la vida que llevamos no rendimos al 100%, porque estamos cansadas, no estamos mentalmente enfocadas en eso, comemos mal porque andamos a las corridas, tenemos la cabeza en que al otro día rendimos un final”.

La historia de Maca repetida por miles y miles a lo largo y ancho del país, y de gran parte del mundo. Pibas que saben que nacieron para jugar, que lo hacen desde pequeñas y que en algún momento tuvieron intactos los sueños de que su nombre sea coreado por la hinchada, de ganar un sueldo que les permita vivir y, quizás, dar una mejor vida a sus familias, ese relato que se multiplica entre los varones que logran el éxito en este deporte.

Pero todavía en Argentina, a esos sueños de las pibas, se les cortan las piernas. “Cuando llegas a mi edad tenés que priorizar otras cosas, porque sabes que esto no te da de comer, tenes que tener una carrera o un laburo estable”, concluía Macarena. En ese momento aún no estaba del todo claro, pero hoy la santafesina tuvo que dejar un rato los botines para levantar las banderas de una lucha que cada vez cobra más fuerza en las canchas argentinas: la del fútbol femenino profesional.

Foto: Lina Etchesuri / lavaca.org

Jugar acá

Ser una futbolista en Santa Fe tiene las mismas complejidades y algunas diferencias. Así como lo hizo Macarena, otras tantas, aunque no muchas, emigran a Buenos Aires en búsqueda de un futuro en el fútbol, apuntado, al menos, a clubes que les den un trabajo o un lugar donde vivir; y quizás así alimentar el sueño de jugar en la Selección y llegar a las ligas profesionales del mundo. Un camino más difícil que posible, pero que algunas deciden emprender.

Las que se quedan en la ciudad la pelean como pueden. Son la profe, la piba del almacén, la bombera, que el fin de semana se calzan los botines y salen a matar o morir en la cancha. “Cuando me preguntan de qué trabajo yo digo que soy bombera y guardavidas. No digo que trabajo jugando al fútbol porque no me pagan por hacerlo, al contrario, tengo que pagar yo”, dice entre risas Jésica Vázquez, ex capitana del ya desaparecido Logia -último campeón de la Liga Santafesina-, hoy arrancando la temporada en el Club Alvear.

Jésica no sólo practica un deporte históricamente reservado a los hombres sino que además trabaja en otro lugar donde las mujeres no abundan: desde hace 10 años forma parte de los Bomberos Zapadores de Santa Fe. “Estuve seis años trabajando 24 horas y descansando 48; después tuve la posibilidad de empezar a trabajar de lunes a viernes de 7 a 13 y eso me dejó tiempo para poder entrenar por la tarde y jugar los sábados tranquila, sin tener que pensar en otra cosa, porque cuando estaba de guardia a veces me hacían cubrir el turno para poder ir a jugar y después tenía que devolver las horas. Entonces un finde que no jugaba, tenía que trabajar. Me pasaba viernes, sábado y domingo en el cuartel para devolver esas horas”.

Jésica madruga para llegar a Santa Fe desde Rincón, donde vive. Luego del trabajo se va a entrenar y luego emprende la vuelta. Siempre termina el día con gimnasio o natación. “Es muy complicado ser jugadora en Santa Fe. No se pagan sueldos ni viáticos, hay muy pocas que tienen viáticos porque vienen de afuera. La ropa siempre nos la pagamos nosotras, de nuestro bolsillo. Este año estamos buscando algunas formas de financiamiento, con sponsors y apoyos. El fútbol femenino sigue siendo nada en comparación al masculino”. Aunque las dificultades para poder jugar en mejores condiciones son reales, Jésica entiende que hay un horizonte hacia el cual caminar: “Las mujeres nos estamos potenciando en todo sentido y en todo ámbito y eso me pone muy contenta”.

Construir para las que vienen

Mailen Herman es jugadora del multicampeón Unión -llevan ya siete campeonatos de la Liga- y cuando no está comandando a su equipo en la cancha atiende una despensa. “Abro de 8 a 13.30, almuerzo, me voy a entrenar y vuelvo al negocio hasta las 21”, cuenta. “Se llega muy ajustada con los horarios, corriendo para llegar a entrenar y volver al trabajo, y en los días de partido también pasa lo mismo”.

Unión es uno de los pocos clubes de la ciudad en donde las pibas no tienen que pagarse su propia ropa para jugar, pero todo lo demás sale del bolsillo de las jugadoras. “Desde hace un año el club nos da lugar en la cancha para atender la cantina y así recaudar algo de dinero para gastos”. Un trabajo -uno más- extra, para poder seguir jugando.

Consultada sobre la movida que hoy encabeza Maca Sánchez por la profesionalización del fútbol, Mailén no tiene dudas: Lo que hace Maca Sánchez es muy valiente”. La jugadora resalta además el rol de las redes sociales y del acceso a la tecnología en esta época, que ayudan a amplificar el reclamo “para que llegue a todos y la desigualdad se acabe”. Y tiene en claro que esta lucha de hoy es para un mejor mañana: “Si bien los beneficios nosotras no los podremos disfrutar, tengo la esperanza que las próximas generaciones si lo hagan. Y mi deseo para este 8M es que se valore a la mujer en el deporte en general, teniendo los mismos beneficios que los hombres”.

La mirada desde el banco de suplentes

Mara Domínguez es una vieja conocida del fútbol femenino local. Fue jugadora de Unión y hoy le toca formar a las más pequeñas de la escuelita rojiblanca, además de ser la entrenadora del seleccionado Sub 14 de la Liga Santafesina. Parece bastante trabajo ¿no? “Mis días tienen que estar organizados para trabajar, entrenar, dar clases, planificar… Ser profe demanda mucho tiempo, voluntad y dedicación”.

Mara tiene muy en claro qué responder cuando le preguntan de qué trabaja: “Soy técnica de fútbol. Que no se pueda vivir de eso, no me quita el título ni el orgullo de serlo”. Un día de cualquiera de estas jugadoras o DTs dura mil horas: ir a trabajar con el bolso listo para entrenar después, tomar colectivos, comer a las apuradas y llegar con la mejor onda y ganas posibles, sabiendo que muchas veces después de eso tienen que volver a trabajar. “Hay mucho esfuerzo que no se ve detrás de todos los equipos. Tanto de las jugadoras como de los profes”, señala Mara. “Una cosa es ser DT dentro del fútbol masculino, donde no tenemos lugar, y otra cosa es ser DT en el fútbol femenino, donde no es redituable. Todo dentro del fútbol femenino sale del bolsillo de las jugadoras”.

Muchas ganas, compromiso y pasión, pero eso que llaman amor por la camiseta es trabajo no pago. “Al no ser pago, es más que amor. Es por eso que hace falta reconocerlo y compensarlo”, indica la DT. “Lo de Maca Sánchez es admirable. Está encabezando una lucha que es de todas. Creo que todo está encaminado para que se dé, ojalá sea lo más pronto posible”. Cuando se le pregunta un deseo para este 8M, Mara no titubea: “Ni una menos”.  

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