Soñar para vivir

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Micaela Domínguez es una joven de Santa Margarita que estudia Profesorado de Educación Física en Vera, es una apasionada del fútbol y juega en Las Verenses, el equipo de fútbol femenino de la ciudad. Una historia mínima con un sueño para gambetear la realidad. 

Por Gastón Chansard.

Google maps ayuda a ubicar a Santa Margarita, ese globito indicador de color rojo se posa en el noroeste de Santa Fe, cerca del ángulo donde la bota santafesina coquetea con los vecinos santiagueños y chaqueños. La misma herramienta tecnológica te muestra un dibujo rectangular desde su foto satelital, nueve manzanas de sur a norte y seis de este a oeste, un boulevard con el nombre de San Martín que divide el pueblo en casi dos mitades iguales y una vía al lado de la ruta 91 es testigo de la historia del pueblo. Un dato del gobierno provincial dice que en 2010 vivían 1.365 personas, de los cuales 675 eran varones y 690 mujeres. Hace 8 años atrás Micaela era una de esas 690 mujeres que por esos días reconocía la estadística, pero lo que no registraba es el sueño que atesoraba esa pibita futbolera, la que aprendía a jugar con sus tíos. La fotografía social, económica y cultural dirá que el pueblo parece estar detenido en el tiempo, pero jamás revelará que una tal Micaela Domínguez quiere progresar, estudiar, jugar al fútbol y soñar con un mejor futuro.

Desarraigo

Un día “Mica”, de familia muy humilde, decidió dejar el pueblo para estudiar Profesorado de Educación Física en la ciudad de Vera, a 260 kilómetros de “su” lugar. “Hace tres años que estoy acá, llegué sola para estudiar y paré en la casa una tía, ahí estuve algunos meses y luego pasé por otros departamentos, hasta que terminé acá, en una pensión”. Micaela no abusa de las palabras, parece medirlas y larga lo justo y necesario.

Recordó que aprendió a jugar al fútbol con sus tíos, y con alegría dijo que empezó a jugar más seriamente en su escuela, la de Enseñanza Secundaria Nº 494.  “En 2014 salimos campeonas del Departamento 9 de Julio”, manifestó con orgullo.

Ya en Vera, cuando los días en el Profesorado marcaban su nueva etapa, una compañera la invitó a jugar al fútbol. “Como no me podía volver a mi casa porque quedaba lejos y no tenía plata, los fines de semana me quedaba en Vera”. Aceptó la invitación de esa compañera y no paró de jugar. Hoy es la “2” del equipo de Las Verenses, pero al principio recordó que jugaba de “4”. La jugadora y directora técnica del equipo, Mariana Harik, le dijo a La Diez que “Mica es una gran defensora, es rápida, ágil, buena pegada y pasa bien al ataque, tiene muchas condiciones y puede seguir mejorando”.

El peor momento

Sin ganas de profundizar en un conflicto familiar que la tiene preocupada, Micaela estuvo muy cerca de abandonar todo. El estudio, el fútbol y los sueños estuvieron a pocas horas de ser parte de su propio pasado. La abuela, que era la persona que la ayudaba a pagar el alquiler y buena parte de la comida en Vera, dejó de colaborar con Micaela. El padre no figura en el radar de su vida y su madre tiene una discapacidad.

Mica estuvo muy cerca de regresar a su pueblo, “para hacer nada”, dijo una persona que la quiere y ayuda mucho en su día a día. El plan Progresar, los bingos que sirven para juntar unos pesos para las chicas que juegan en Las Verenses, la predisposición de algunas personas para darle un trabajo en relación a su estudio, más la contención afectiva y económica de dos compañeras de equipo y guías en la vida (Vero y Mariana) hicieron posible que Micaela continuara con el estudio y el fútbol.

La conversación telefónica con La Diez se corta y a los pocos minutos llegan las fotos que son usadas en esta nota, y un mensaje que dice: “Si van a poner agradecimientos, también quiero agradecerle a Romi (compañera de equipo) y a Horacio, el marido, que también me ayudaron”. Esa es Micaela, la agradecida, la tímida, la sensible, la que sabe que hoy le toca jugar un partido difícil, donde abundan los platos de arroz y las ganas de comer mejor, donde aflora ese deseo interminable de vivir como viven otros, de salir de ese largo “sobrevivir”.

¡A soñar!

Ya en el final de la charla de esta historia mínima, la piba de 21 años, la estudiante, la luchadora en soledad del día a día, la chica de ese rinconcito del noroeste santafesino lanzó con firmeza una aspiración de máxima: “Sueño con jugar en Boca”.

Nadie sabe cómo seguirá su vida, lo que sí sabemos es que en el momento más áspero de su partido, Micaela fue capaz de tirarle un caño a la malaria y armar una jugada enorme, como el sueño enorme, grande como la mismísima Bombonera.

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